viernes, 26 de mayo de 2017

Mis vecinos se quejan del ruido




 Una tarde, hace ya tiempo, subió la vecina de abajo a decirnos que el ruído que hacían los nenes con el correpasillos era muy molesto. El papá lo relegó a la parte alta de un armario, de dónde no ha vuelto a salir.


 Tiempo después, una mañana muy temprano (siete de la mañana) me levanté a intentar calmar los llantos de uno de mis niños, no recuerdo cuál, ante el poco éxito del papá en ello. Justo pensaba en los vecinos cuando antes de llegar a la habitación de los nenes tuve que abrir la puerta de casa y escuchar cómo el vecino de abajo, desaforado, me conminaba a hacer callar al nene y a llevar una vida en general más silenciosa, porque los llantos, golpes de cosas que caen, muebles arrastrados etc. les estaban quitando la salud. En concreto me informa de que tiene una hija que no puede dormir ni tampoco estudiar, lo que me deja muy preocupada. Me disculpé y, abochornada, tomé todas las medidas que se me ocurrieron para solucionar la situación: pusimos topes en todas las sillas y mesas, compramos alfombras y retiramos de la circulación un montón de juguetes, entre ellos muchos de los favoritos de mis hijos, que por distintas razones podrían resultar molestos, principalmente aquellos que por haches o bes acaban siempre cayendo al suelo ruidosamente. Y llegó la primera discusión por este tema, las primeras broncas a los nenes para que no hiciesen ruído, los primeros días sin música, las primeras tardes enteras de tele para que se estuviesen quietos...



 Unas semanas después suena nuevamente el timbre y en esta ocasión es el vecino de puerta, casualmente también presidente de la comunidad, quién de forma totalmente correcta, y mientras revuelve afectuosamente las melenas del Moreno, me pide que intente controlarlos un poco porque la vecina de abajo está estudiando una oposición y la molestamos mucho. Con el presidente, vecino pared con pared, la relación es totalmente cordial. Se trata de un hombre mayor que vive solo y que se toma su cargo con la misma seriedad que si presidiera el gobierno. Nos acogió bajo sus alas cuando nos mudamos y nos informó de muchas cuestiones relativas a la vida vecinal. Justo me pillaba saliendo para el parque y para allá que fuimos...cuatro horas. Cuatro horas de parque. Para entregarle a la opositora una tarde de silencio, ¡menos da una piedra!. A la vuelta, nada más pisar el portal, comienzo a mandar callar de buenas maneras, y de malas a continuación.

 Los días siguientes pienso en mis tiempos de estudiante, oyendo la tele al lado de mi cuarto, las voces de mi familia, mis padres, mis hermanas, el ruído de la cocina, el timbre del teléfono.... Podía estudiar así pero yo era un caso raro: la mayoría de estudiantes universitarios tiraban de biblioteca. Al lado de mi casa de Gijón hay una buenísima, la biblioteca Jovellanos. A cinco minutos andando. Son ideas que voy rumiando mientras los otros dos adultos afectados, el papá y la cuidadora, hace tiempo que pasan del tema bastante, la verdad. Yo soy incapaz: las quejas de los vecinos de abajo me amargan. Mal por mal, prefiero esta queja de ahora a que su niña no duerma, pero tampoco me apetece incordiar a la opositora. Y la presión sobre mis niños aumenta, hasta el punto desagradable de llevarse algún azote por correr o caérseles algo al suelo. Todo por evitar la vergüenza de que se quejen los vecinos de abajo. Cada vez que oigo el timbre de la puerta  mi corazón se dispara.




 Aún así, nuevamente una tarde más subió el vecino a quejarse por el ruído cuando los niños, para sentarse a dibujar, arrastraron sus sillitas y su mesa por fuera de la alfombra. En esta ocasión y ante nuestra ausencia fue la señora que los cuida quién se disculpó nuevamente, y quién me insistió luego en que no estaban montando ningún jolgorio exagerado, a la vez que me contaba una experiencia similar sufrida cuando sus hijos eran también pequeños. Para entonces yo seguía abochornada por la situación y continué en mi cruzada de broncas contínuas para que los nenes no corriesen por casa, no saltasen y sobre todo no dijeran esta boca es mía por la mañana cuando los levanto para ir al cole. Siete y media de la mañana, dos nenes de 3 y 2 años en una comunidad de vecinos donde no se oye ni respirar. Imaginaos la tensión. Hubo días en que me sentía como una intrusa en mi casa, como si al cruzar la puerta entrase en una cárcel del tercer mundo en lugar de la sensación esa de "acogerse a sagrado" que debemos sentir todos al llegar a nuestro hogar. Los niveles de ruido, eso sí, disminuyeron hasta límites de pura supervivencia, haciendo que incluso me plantease ante una emergencia nocturna si tirar de la cadena o no, por si acaso...

 Para entonces, mis búsquedas en google ya me habían informado de la multitud de conflictos vecinales ocasionados cuando se trata de nenes de la edad de los míos, incluso bebés, que no dejan vivir a los vecinos que los sufren. Las medidas de aislamiento acústico que se pueden adoptar sin hacer obras no van más allá de alfombrar o emoquetar el suelo. Incluso las obras pueden no ayudar: muchos edificios construídos antes de 2006, año en que la ley endureció los requisitos de construcción en lo referente al aislamiento acústico, tiene tales deficiencias que para subsanarlas habría que obrar en ambas viviendas y en zonas comunes. Una locura. Sospecho que algo así nos está pasando; los vecinos parecen gente normal, y si no les dejamos vivir es porque nuestros ruídos, en su vivienda, se oirán estruendosos y con vibraciones, estoy segura. Los entiendo y vivo muy agobiada, imponiendo la ley del silencio a todos los habitantes de la casa: no se corre, no se salta, no se baila, no se ríe, tampoco se discute, no se ponen ni lavadoras ni secadoras más allá de las siete, tampoco se cocina de noche, nada de lavavajillas, la tele se ve en susurros, no se canta ya, no se juega al corro de la patata, no se nada de nada. ¡Chissssst!! es mi nuevo mantra, siempre con el corazón en un puño, y por supuesto también en susurros...pero con una cara de fiera comeniños que no mola nada. Y al papá menos. Pero es que esta situación me supera. O debo decir superaba ...hasta hace dos semanas.






 Sábado, ocho y media de la mañana, le quito a mi Rubio una marioneta para vestirlo y se arranca por bulerías. Que le duran un rato además, no nos engañamos, lo de los "terribles dos" no se dice porque sí. La patrulla canina obra el milagro y como quince minutos después el churumbel se calla. La mañana transcurre tranquila, salimos un rato, comemos en paz y nos echamos una siesta histórica, ellos dos horitas y media y yo una cabezada generosa que me sabe a gloria. A las cinco se despiertan y les pongo sus bañadores nuevos porque vamos a la playa. Encantados de la vida, juerguean y se ríen en la alfombra frente al espejo. ¡A la playa mamá, a la playa! corean felices y yo también, intentando organizar el reparto de bártulos entre mis sherpas, que hay que ver todo loquenecesitaunafamilia para bajar a la playa. Lo que no necesitábamos, media hora después, es al vecino de abajo timbrando en la puerta y afeándome nuevamente el ruído. Cortada, me disculpo y le digo que como son las cinco y media del sábado y enseguida nos bajamos a la playa no pensé que le molestase. Nuevamente me hace ver la amargura de tenernos como vecinos mientras solo acierto a replicar..."pero si se acaban de levantar de dos horas y media de siesta, ¿cómo es posible? De verdad que es así, ¡sí me dormí hasta yo!" El hombre se queda callado un segundo y contesta alzando la voz -"¿y esta mañana, que no hacían más que llorar?"- Respondo que mi pequeño tiene solo dos años y lo calmé lo antes que pude. Que entiendo que le moleste y que haré lo posible por controlarlos más. Le explico todas las medidas que tomamos para disminuir el ruído porque de verdad necesito que sepa que sus quejas me importan. Pero a él mis explicaciones no demasiado, y se marcha escaleras abajo dejándome con la palabra en la boca. Es la víctima, el sufridor, el ofendido. Y yo parezco gilipollas.

 Al menos esa es la conclusión a la que he acabado por llegar, tras hablar con medio mundo de este tema y recapacitar sobre ello una y otra vez. Porque subir a quejarse por un ruído normalísimo tras un rato largo de silencio sepulcral no me cuadra mucho la verdad, y que me de la espalda cuando empiezo a explicarme, menos. Necesitaba rumiar mi disgusto y de ese come-come, además de la ya mencionada conclusión, extraje estas otras:

-Primero: muchas de los padres de mi entorno me han contado experiencias similares. Y cuando digo muchos son muchos: compañeros de trabajo, el grupo guasap de madres del que hablé aquí, amigos del papá, incluso como decía la cuidadora de los nenes. En internet ya ni os cuento: hay casos calcaditos al nuestro. La blogosfera maternal está plagada de ejemplos, aquí os dejo a la Dra. Amalia Arce de  Diario de una mamá pediatra. Y los que no lo han tenido se dividen en dos grupos: los que no tienen vecinos, o los que tienen vecinos que también se oyen, mi caso en el piso de Coruña (donde no tenía especial cuidado y jamás nadie se quejó). 

-Segundo: los padres somos totalmente diferentes entre nosotros. No somos un colectivo con intereses comunes, lo único que tenemos realmente en común es habernos reproducido o hechos asimilables, punto pelota. Los vecinos de abajo tienen una hija de unos diez años, que antes no dormía y ahora espero sí, ya que no volvimos a tener noticias de tan funesto hecho. Deduzco que ya puede estudiar porque últimamente la que no puede es su madre. De las incomodidades de la niña no hemos vuelto a saber nada repito, es un consuelo. 

-Tercero: ser padre no significa que sepas lo que es criar a un niño, en general digo. Como muchísimo sabrás qué es criar al tuyo, que puede ser una malva como lo fue mi Rubio hasta que cumplió los dos añitos, o como seguramente será la nena de mis vecinos... pero lo más probable es que no. Si encima por trabajo apenas lo ves y las abuelas se disputan por atendértelo puedes hablar mucho, pero no tienes ni idea, créeme. En mi caso, la naturaleza sabia hizo que mi primogénito fuese el Moreno, con lo que mis ideas y opiniones sobre los niños asalvajados porque sus padres no los educan, firmes como rocas antes de convertirme en madre, se fueran por donde habían venido. Ahora hago lo que puedo y me maravillo, sí, lo hago, con mis hijos, su carácter y su vitalidad.

 - Cuarto: a qué horas se produce el ruido molesto y qué lo produce es determinante. Tengo una larga experiencia en ruidos vecinales, porque la mayor parte de mi vida la pasé en el bando contrario: era la persona silenciosa que vivía sola y que se comía los ruidos de los demás. Curiosamente opino que lo peor son los vecinos mayores, que están sordos e imsomnes, una malísima combinación. Teles a todo volumen, broncas entre ellos, todas las conversaciones a voces, golpes de bastón a todas horas...También me sé la modalidad "tardes con niños en casa" y "perro que ladra seguido". Sin embargo subí a protestar en dos ocasiones nada más: en ambas el problema era la música a todo trapo de madrugada. En mi opinión, inadmisible. Pero el resto, también en mi opinión, agua y ajo. La gente tiene derecho a envejecer y estar dura de oído, tiene derecho a ser una familia todas las tardes y tiene derecho a tener una mascota. Si no ladran fuera de horas molesta igual, claro que sí, pero me aguanto. Porque oigo al dueño mandándole callar, porque el animal no lo hace a posta, sino que es su condición. Con los niños pasa algo parecido. Recuerdo oir la tele y sus jolgorios sábados y domingos por la mañana temprano. Yo salía de noche y me molestaba, pero jamás se me ocurriría quejarme. Estudiaba una segunda carrera y más de lo mismo. Aunque me resultaba fácil concentrarme a veces acudía a la biblioteca, como todos los estudiantes del mundo mundial ha hecho siempre y harán. ¿El ruído es intencionado? ¿es de noche? ¿es una costumbre? Quéjate. ¿Es el llanto de un niño? ¿es otro ruído pero a una hora prudente? ¿es algo puntual? Te aguantas.

 -Y quinto: por distintas vías me informan de que las ordenanzas municipales estipulan que entre las once y las ocho de la mañana los ruidos han de ser mínimos. Fuera de ese horario, y dentro de un orden, barra libre. Mis nenes han dormido siempre muy bien, como troncos y del tirón, casi casi desde que nacieron. Igual es por eso por lo que hasta ahora no hubo quejas. Me cuentan un caso en el que se les presentó la policía en casa, y que luego bajaron a amonestar al vecino que los llamó...en mi caso, sábado a media tarde con mis delincuentes de tres y dos años alborozados por la perspectiva playera, imagino la cara de los policias y me froto las manos.

 En resumen: queridos vecinos, me pesa y mucho el trago que estais pasando desde que nos mudamos. Y también me apena que el tremendo cambio que hemos dado en nuestra dinámica para evitaros molestias, sólo haya servido para que en lugar de una familia amargada ahora haya dos. No quiero decir con ello que vaya a arrancar topes y fieltros de los muebles ni a permitir a los niños corretear por la casa, eso no. Pero tampoco voy a vivir condicionada por vuestras quejas en vista de que son, a todas luces, inevitables. Y dado que donde vosotros no podeis dormir, ni estudiar, ¡ni vivir! nosotros dormimos (ojo que el papá trabaja a turnos, de noche muchas veces), estudiamos (formación para mi trabajo) y vivimos que es un gusto, permítidme que al menos no vuelva a tratar de impedir que mis nenes os molesten a base de azotes, porque eso sí está prohibido por la ley.


 En otras palabras vecinos, y con todo sentimiento por la situación...que os den. 




1 comentario:

  1. Como funcionaria te digo que yo estudiaba en la biblioteca, y en casa me harté de oir al vecino, pared con pared, practicar con la guitarra... con tapones y cagándome en to... Y aquí estoy, oyes...
    Que les den, pesados, maleducados y raros!!!

    Besos!!

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